domingo, 18 de abril de 2010

Ciudad de vida y muerte

Título original:Nanjing! Nanjing!
Año: 2009
Nacionalidad: Honk Kong & China
Dirección: Lu Chuan
Guión: Lu Chuan
Producción: John Chong, Sanping Han, Hong Qin, Andy Zhang & Li Zhou
Fotografía: Yu Cao
Música: Tong Liu
Montaje: Yun Teng
Diseño de producción: Yi Hao
Reparto: Ye Liu, Yuanyuan Gao, Hideo Nakaizumi, Wei Fan, Yiyan Jiang, Ryu Kohata, Bin Liu, Yuko Miyamoto, John Paisley, Beverly Peckous, Lan Qin, Sam Voutas, Di Yao, Yisui Zhao, Junichi Kajioka...
el reverso tenebroso
En una manera más de evidenciar nuestras carencias culturales, los occidentales siempre aludimos a los alemanes y a la figura de Adolph Hitler a la hora de evocar la máxima expresión del mal y de la sinrazón humana. Tras la proyección de Ciudad de vida y muerte, uno no puede más que pensar que los alemanes no eran más que aficionados al lado de la capacidad de los japoneses para ejercer y practicar el mal.
Lu Chuan -un cineasta para recordar y revisar pues sus dos filmes anteriores, El arma perdida (Xun qiang, 2002) y La patrulla de la montaña (Kekesili, 2004) están editados en DVD en nuestro país- aborda el relato de la masacre de Nankín con una sobriedad, exactitud y elegancia asombrosas, eludiendo todo atisbo de sensiblería y autocompasión e incrementando la fuerza de su discurso con una economía narrativa que le permite guiarnos a través de una narración complicada, con muchos personajes, con varias líneas argumentales, yendo de lo particular a lo general y viceversa con una determinación y efectividad admirables y dignas, no sólo del reconocimiento en el Festival de San Sebastián, sino en cualquier muestra, certamen o festival al que se presente, incluidas las academias de tres al cuarto.
La elección de rodar en esa fabulosa fotografía en blanco y negro está determinada, según el propio director, por el hecho de que la memoria colectiva asimila los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX en el mismo color del material gráfico que se conserva y en el que se han hecho la mayoría de las reconstrucciones cinematográficas del mismo periodo. En este punto ocurre lo mismo tanto con el público oriental como con el occidental. Otra acertada elección es la de no subrayar la acción con la típica banda sonora cargada de lacrimógenos y sensibleros violines. Tong Liu reserva sus percusiones y explosiones sonoras para los finales de las secuencias, nunca durante las acciones, permitiendo que la cinta se nutra de sus sonidos dietéticos, eludiendo caer en el oportunismo sentimental y emocionando sólo por la fuerza del relato. Algo sorprendente si tenemos en cuenta que se trata de la primera banda sonora del compositor chino, al igual que el montador, Yun Teng, que se estrena brillantemente en esta cinta en la que, pudiendo pecar de planos largos o redundantes, evita repeticiones innecesarias o excesivas recreaciones en momentos emocionalmente dolorosos. Es indudable que Lu Chuan sabe como orientar a todos sus colaboradores para que trabajen en una sola dirección: la buena.
El desconocimiento del momento de la historia china que se nos relata no impide que la larga primera secuencia de la película nos ubique rotunda y claramente en el tiempo y el espacio y nos relate con asombrosa claridad unos espantosos acontecimientos. Los personajes que van a conducir el relato aparecen desperdigados, poco a poco, a lo largo de la secuencia, mezclados entre las diferentes situaciones, marcando su posición en la historia y permitiéndonos guardar unos puntos de referencia. Una vez concluye, cada uno se sitúa en un contexto concreto y permite nuestra identificación y empatía y lo hace, curiosamente, a pesar de que en primera instancia corran el riesgo de caernos antipáticos o, cuanto menos, desconfiemos de ellos, porque uno de los grandes aciertos que propone Ciudad de vida y muerte es el del punto de vista: el valor alterno que se le puede atribuir a una misma acción o símbolo dependiendo de su contexto. Lo que en cualquier otro relato podría ser un símbolo negativo que representa el mal absoluto, como una swástica, se transforma en este filme en emblema de salvación,  en un símbolo bueno y positivo que proporciona seguridad y protección. Lo que en cualquier otra película podría ser una conducta reprobable, como la colaboración con un nazi o incluso el intento de conseguir los favores del enemigo invasor a la manera de los colaboracionistas franceses, se convierte aquí en un acto heroico, valiente y recomendable. Lo que en la misma realidad -la televisiva que retransmite las guerras americanas- pueda parecer la representación de la victoria -como aquel derribo de la estatua de Saddam Hussein que representara gráficamente leal derrota del régimen tirano y opresor-, se torna en este filme en el mayor y más evidente símbolo de invasión y ocupación del que absolutamente nadie se alegra. Este último ejemplo me parece una evidente alusión al gobierno norteamericano que se erige en el salvador y libertador mundial y que, sin embargo, no moviera ni un pelo ni un dedo, ni dos ni tres en contra de la intervención japonesa en China, ni lo hiciera por las mismas fechas en la contienda española ni, desde luego,  hubiera intervenido en la Segunda Guerra Mundial de no ser por el ataque japonés a Pearl Harbor. Si pusiéramos una detrás de otra todas las películas cuyo discurso es contrario a la política norteamericana, a su conducta y a su prepotencia es posible que encontrásemos argumentos legítimos para proponer a nivel internacional la misma intervención, invasión y apropiación de los Estados Unidos de América tal y como ellos han practicado a lo largo, principalmente, del siglo XX y lo que llevamos de XXI en países antipáticos o inconvenientes para ellos dependiendo del momento, de sus políticas y de sus intereses.
Quisiera recalcar que aunque la película está llena de momentos insólitos y, evidentemente trágicos y desoladores, al contrario que otras películas de similar índole, Ciudad de vida y muerte, no es una película deprimente que intente que el espectador llore desconsoladamente en la butaca. No. Tampoco recurre, insisto, a técnicas traicioneras para apelar a la sensiblería barata (no voy a poner ejemplos, que los hay que se alteran con nada). Todo lo contrario, su discurso es responsable y coherente. Un ejemplo de ello es el comienzo y el final de la película en la que si en los créditos iniciales nos muestra fotografías y material gráfico de los lugares y gentes que van a ser arrasadas por los japoneses, aportando nombres y fechas, en un hermoso homenaje que ya anticipa que son lugares y gentes que no sobrevivirán, en el final de la película nos muestra las fotografías de los principales protagonistas del relato, ubicándonos en el espacio temporal que cada uno de ellos ha vivido, en el mismo riguroso y hermoso blanco y negro en el que ha transcurrido la proyección y eludiendo patéticas intervenciones de personajes reales o en color que pretendan, supuestamente, apelar a la pornografía sentimental.
No voy a resaltar los momentos y secuencias que más me han impresionado pues no quiero desvelar ningún acontecimiento. Quizás resulte más efectivo explicar que debido, sobre todo, a lo acostumbrados que estamos al genocidio y la exterminación televisivas, no se percibe el impacto de los sucesos con toda la magnitud deseable, sobretodo en esa secuencia inicial. Sólo cuando comienza a detenerse en cada uno de los personajes y avanza en la sinrazón en primera persona llega implacablemente -por lo menos a mi-, la impotencia de los acontecimientos. Me estoy refiriendo, concretamente, a una acción que involucra a la hija de uno de los personajes que -sin necesitar pintar su abriguito-  me deja total y absolutamente clavado en el asiento, sin respiración y con un escalofrío recorriéndome de arriba abajo, por la traicionera sorpresa de un hecho, por un lado tan sencillo y efectivo, y por otro tan vil e irracional que incluso escribiendo estas líneas me sigue conmoviendo. 
Qué decir del emotivo momento en el que las mujeres deben sacrificarse por el bien común (como hacen siempre) y un sencillo gesto como una mano levantada se convierte en una esperanza, en una demostración de la fuerza y valor del ser humano. Pero en Ciudad de vida y muerte quien que de verdad conmueve es el que sobrevive, porque como se dice en una de las últimas frases de la película, la que pronuncia un soldado japonés (estaba escribiendo alemán -la costumbre) cuando dice que "a veces es más difícil vivir que morir", dando cuenta que los supervivientes tendrán que afrontar una largo camino hacia la recuperación, hacia la resiliencia y la superación del trauma para poder vivir con todo lo que han visto, con todo lo que han vivido.
Es una verdadera lástima que otros títulos que denuncian hechos similares y, más o menos, de la misma forma estética, hayan tenido tanto éxito y recaudado tanto dinero sólo, precisamente, por estar rodadas en inglés y a partir de dinero norteamericano cuando productos de la talla de Ciudad de vida y muerte vayan a pasar desapercibidos para el gran público por el simple hecho de estar rodados en chino y japonés y no contar en su producción con más dinero que el amarillo.

1 comentario:

  1. me la apunto! ya tengo un monton en lista...me tengo que poner manos a la obra! xx

    ResponderEliminar